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El mercado de las ideas y la batalla por el equilibrio

Un nuevo libro sobre think tanks explica cómo los laboratorios de ideas conservadores han marcado los términos del debate político en Estados Unidos. Este texto contiene una reseña más una entrevista con el autor.

Título: Right Moves

Autor: Jason Stahl

Editorial: The University of North Carolina Press

 

La reseña

Right Moves examina la historia de los think tanks conservadores en Estados Unidos. Bajo dicha descripción, parecería que no aporta nuevos datos: han sido muchos los expertos que han analizado la aparición y la dominación de la escena de los laboratorios de ideas conservadores en Washington, DC desde los años 80, incluyendo análisis históricos (James A. Smith, 1993), desde la ciencia política (Andy Rich, 2004) o desde la sociología de Bourdieu (Medvetz, 2012). Es de sobra conocido para quien haya leído dos o tres libros sobre think tanks que la irrupción de Heritage Foundation cambió las reglas del juego y estableció la obligación de volcar los esfuerzos hacia la difusión y el marketing, amenazando la calidad de la investigación: quince años antes de la aparición de internet, la prioridad se desplazó hacia la velocidad del asesoramiento. Adiós libros, bienvenidos sean los policy briefs. Right Moves se adentra en los detalles de esta historia para desgranar el papel varias organizaciones en debates concretos. Pero sobre todo, se trata de un relato fascinante sobre el progresivo desplazamiento del discurso político estadounidense hacia la derecha, que sólo se está viendo amenazado en la actualidad con la aparición de Bernie Sanders y su “revolución política” en contra del establishment demócrata.

El título del libro, un elegante juego de palabras, dice mucho. “La derecha se mueve”, pero, a la vez, “los movimientos son acertados”. En ese juego se insinúa la tesis del libro, demostrada de forma brillante por el autor. Desde los años setenta del siglo XX, los think tanks conservadores consiguieron desbancar a la ideología progresista que se había establecido en Estados Unidos como discurso hegemónico tras la Segunda Guerra Mundial, especialmente en el diseño de políticas federales para combatir la desigualdad, el racismo y la pobreza. A partir de ese momento, y aprovechando tanto la crisis energética como el desencanto con la aparente falta de resultados de los programas de seguridad social, instituciones como el American Enterprise Institute y Heritage Foundation contribuyeron significativamente a extender la idea de un “mercado de las ideas” en el que faltaba un contrapeso conservador. Según el argumento, sin competencia no puede haber selección de las políticas más valiosas.

Stahl conecta la plataforma retórica del mercado de las ideas con su uso por parte de ciertos ideólogos, que consiguieron transformarla en un campo de juego donde las propuestas comenzaron a quedar legitimadas en virtud de su inspiración conservadora. Según este análisis, si inicialmente la noción de un mercado de las ideas era compatible con las tesis del pluralismo democrático, la proliferación de centros conservadores y la gran ofensiva antiliberal bajo los dos mandatos de Reagan (1980-1988) la transformaron sustancialmente hasta validar propuestas de escaso rigor académico por su contraposición directa a unas ciencias sociales dominadas por la producción intelectual de las universidades, mayoritariamente de izquierdas. El caso más evidente es el de la economía basada en la oferta, una teoría macroeconómica diseñada a principios de los años 80 para contrarrestar la ortodoxia keynesiana de estímulos a la demanda. Stahl muestra cómo, precisamente por su valor ideológico en contra del despilfarro público, esta postura pasó a ocupar una posición central en las alternativas disponibles para el gobierno federal desde una fundamentación teórica muy endeble.

Right Moves también incluye dos capítulos muy interesantes sobre la influencia de este desplazamiento más allá del propio movimiento conservador. En primer lugar, sobre las élites del partido demócrata, que rechazaron en los años noventa a los representantes del partido más próximos a los movimientos por los derechos civiles para instaurar la vía de los New Democrats, representada, no sin tensiones, por el propio Bill Clinton; y en política exterior, con la designación de Irak como enemigo a batir, a partir de finales de los años noventa, en representación de una nueva posición como potencia dominante de los Estados Unidos. Según Stahl, las columnas de administradores encargados de la transición democrática en Irak recibieron sus puestos no por su competencia y su valía, sino porque… Heritage tenía sus currícula.

La entrevista

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Pregunta: ¿Cuál es el origen de este libro?

Jason Stahl: Este libro sigue el tema de mi tesis doctoral, que presenté en 2008. El producto final, por supuesto, es muy diferente. Durante los últimos seis años, desde 2009 hasta ahora, he transformado esa investigación en formato de libro.

Q: ¿Cuál es tu contribución al debate académico? Algunos expertos, como Rich o Medvetz, ya se habían detenido en la importancia de los think tanks conservadores.

JS: Este libro contribuye a dos tradiciones académicas y en ambos casos se trata de la primera vez en que los think tanks conservadores son el centro de la pesquisa. Por un lado, como dices, están Medvetz y Rich, entre otros. Por el otro, están los estudiosos del movimiento conservador en Estados Unidos. Yo estoy aportado mi visión de historiador, que es lo que me permite combinar estos dos temas en una perspectiva coherente. He visitado archivos y reconstruido el desarrollo institucional a partir de las fuentes, mientras que otros investigadores, al provenir de la sociología y la ciencia política, han usado métodos muy diferentes, como entrevistas y etnografías.

¿Cuáles son los think tanks que analizas en el libro?

JS: Están dos grupos. Por un lado, los principales think tanks conservadores, en concreto American Enterprise Institute, Hoover Institution, Heritage Foundation y Cato Institute. Todos ellos tienen un lugar en el libro, pero especialmente AEI y Heritage, ya que han sido los líderes en su movimiento en distintos momentos históricos.

Por otro lado, también trato la relación con laboratorios de ideas que ya existían. Brookings es el principal. Estos centros conservadores establecieron sus imágenes de marca en contraposición a Brookings, o tomando ciertas cosas prestadas, en un proceso muy dinámico. En Brookings mismo hay muchos cambios: comenzó como un centro progresivo y tecnócrata, pero en los años treinta se situó en contra del New Deal y cerca de los intereses de las grandes empresas. Eso no cambió hasta el principio de los años 50, cuando se impone el liberalismo de la posguerra. En el libro defiendo que en los años 70 volvieron a reubicarse debido a las críticas de los conservadores, que los representaban como una pieza fundamental en el sesgo liberal del consenso de la posguerra, que había expulsado a los puntos de vista derechistas. En ese momento, Brookings decidió afianzar su marca de imparcialidad con gestos muy elocuentes: el nuevo presidente era un republicano y se contrató a varios investigadores de orientación conservadora. La misma dinámica ha continuado hasta nuestros días. Brookings ha sabido rediseñarse y reinventarse constantemente, desplazándose y leyendo qué posición le convenía más en cada momento para ser más influyente.

P: ¿Qué papel desempeñan las fundaciones en este período?

JS: En los 70, las fundaciones se convirtieron en una solución para los think tanks conservadores, que tenían una influencia muy limitada por su reputación de parcialidad. Entre 1970 y 1975, era una solución muy interesante indicar que no estaban respaldados por General Electric o por otras corporaciones, sino por la fundación XYZ, que tiene más papeletas de ser vista como una institución neutral que apoya la investigación. Hubo grandes magnates del petróleo que apoyaron proyectos políticos a través de este tipo de estratagemas. Por otra parte, Bill Baroody, quien fuera Presidente de AEI durante 26 años, convenció a la Fundación Ford, que entonces era un icono del movimiento progresista, de que lo apoyara precisamente sugiriendo que le vendría bien ser ideológicamente más ecuánime en sus patrocionios. Es muy curioso: en ese momento Ford apoyó a AEI porque le podía otorgar una cierta aura de neutralidad.

P: ¿Cuál es la principal enseñanza del libro?

JS: Me gustaría que este libro atrajera a distintos públicos: tanto a académicos como a una audiencia general. Creo que es importante reconocer una narración histórica para esta fase de la historia reciente americana, porque estas instituciones han tenido una enorme influencia sobre cómo se desarrollan los debates sobre políticas públicas en Estados Unidos. Fundamentalmente, los conservadores consiguieron validar ciertos tipos de voces a la derecha del espectro político mediante la representación del debate público en términos de un mercado de las ideas. A largo plazo, esta estrategia ha relativizado el debate político, ha reforzado enormemente el poder de los conservadores y ha cambiado, quizás para siempre, cómo se interpretan las discusiones en materia política en Estados Unidos.

P: ¿Hay alguna recomendación de cara al futuro?

JS: La manera de debatir ya es parte de nuestro acervo, pero hemos llegado a un punto en el que puede valer la pena defender un mercado de las ideas con más puntos de vista y no solamente un mercado de las ideas equilibrado. Tenemos dos voces, en lugar de las muchas posibles. Es verdad que esas voces ya existen, que sencillamente no llegan a los principales medios de comunicación y a la clase política; pero algunos factores, como la fragmentación mediática parecen apuntar en esa dirección.

 P: Este período electoral es fascinante y transformador. ¿Cómo crees que puede cambiar el movimiento conservador en un futuro próximo?

JS: Creo que tienes razón. He oído muchísimas veces comentarios sobre supuestos grandes cambios que luego terminan por no producirse, pero creo que en esta ocasión estamos asistiendo a un giro fascinante de la opinión pública hacia candidatos que no pertenecen a las dos voces de las que hablaba. Es interesante intentar averiguar de qué parte se van a situar los think tanks en las primarias, y la cosa está dividida. ¿Qué va a hacer Heritage? Algunas señales me dan a entender que se están alineando con Trump, mientras que AEI, por ejemplo, se está esforzando en ser percibido como una institución contraria a Trump.

Jaime González-Capitel